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La vida religiosa, o vida de consagración como prefieren llamar las Comunidades protestantes, muy bien puede considerarse como “un lugar teológico” en la vida de las Iglesias. Alimentada por las fuentes del Evangelio y apoyada en el deseo de seguir a Jesús, hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. Vestigios de vida consagrada, tal como aparece en la “consagración de vírgenes”.

La vida religiosa va adquiriendo distintos matices con el correr de los tiempos: vida anacorética, vida cenobítica y vida monástica con la necesidad de acomodarse a las circunstancias cambiantes de la historia.

A pesar de la separación entre Oriente y Occidente, entre Católicos y Ortodoxos. En 1054, la vida religiosa, pujante en ambas partes de la Iglesia indivisa, no sufrió menoscabo con tal separación.

En las Iglesias de la Reforma el monacato, por distintas causas, fue languideciendo hasta desaparecer prácticamente. Y así han estado durante siglos. La vida religiosa se fue enrareciendo a causa de los ataques que recibió tanto de los Padres del Protestantismo como de las mismas Confesiones de fe de las Iglesias luteranas y calvinistas, hasta el punto de irse extinguiendo.